sábado, agosto 16, 2008

Cuando no se tiene nada que hacer en la oficina

... depresión asegurada. No suele pasar - y cuando pasa, la mayoría de las veces es algo voluntario, buscado por aquellos a los que les gusta no dar un palo al agua, pero ser remunerados por ello - pero cuando ocurre de manera involuntaria parece que es el mundo al revés. Hablo de la gente a la que le toca no hacer nada en la oficina, ya sea por falta de organización por parte de los superiores, o por un acto deliberado enmarcado dentro de un acoso moral, las más de las veces.

El caso de esta señora de Uruguay, que ha decidido demandar a sus empleadores por daño moral y sufrimiento al haberla dejado sin cosas que hacer en su trabajo de funcionaria, me recuerda en cierto modo una experiencia mía hace unos años (sí, parece que a mí me ha pasado de todo en mi corta vida hasta el momento, pero casi todo malo... podría escribir un libro con ello) cuando también por circunstancias varias me tocó estar en un puesto donde lo que tenía que hacer durante el día era llegar, hacer como que sonreía de felicidad y el resto del día tomar cafés con los compañeros. Eso sí: el aburrimiento era mortal, y sufría mucho.

Podría decirse que el que te paguen por no hacer nada (y encima, como en mi caso, que te paguen una cantidad de escándalo) es la situación ideal. No así cuando uno no está hecho de esa madera de vago redomado, de funcionario moral inactivo (que me perdonen los funcionarios que sí trabajan durante su horario laboral) que se lo pasa bomba dejando la mente en babia la mayor parte del día. Sobre todo, cuando eres joven y que estás al comienzo de tu carrera y que te quieres comer el mundo, esta situación es terriblemente dolorosa. Yo veía a mis compañeros de equipo tener trabajo, tareas, ciertas responsabilidades (eramos todos analistas de marketing por aquel entonces), ver cómo venía gente de otros departamentos a hablar con ellos y que su teléfono sonaba. El mío estaba en silencio la mayor parte del día, salvo cuando algún compañero me llamaba para bajar a tomar un café, nadie venía a verme y es más, cuando yo iba a ver a los compañeros de otros departamentos con los que se suponía que tenía que trabajar, me miraban "mal" por venir a molestarles con algo que no les interesaba porque yo intentaba "inventarme" trabajo ya que ellos no me lo daban. En el colmo de la desesperación, llegué incluso a llevarme libros al trabajo, poner los pies encima de la mesa y ponerme a leer con cierto descaro, sólo por ver si a alguien le importaba y si venían a decirme algo. Nadie... nunca.

Años después - y habiéndome tocado estar en el lado contrario, cuando la avalancha de emails que recibía al día era tal que no llegaba a tener tiempo ni para ir al baño - entendí que a la gente muy ocupada le puede llegar a molestar terriblemente la gente que intenta hacer algo por demostrar que existen dentro de la empresa. Pero por aquel entonces, yo no lo entendía y me frustraba muchísimo estar como un pasmarote en las reuniones, que nadie me preguntara nada ni necesitara nada de mí.

Que ¿cómo era posible una situación así? Por obra y milagro de un jefe inútil, al que no le gustaba trabajar, que había subido en la empresa por las relaciones personales - por una, en concreto, con su jefe, en una especie de relación casi homo - y que consideraba que me hacía un favor dejándome cobrar un sueldo sin hacer nada a cambio. Para mí, sin embargo, eso era el infierno. Llegué a decirle que o me daba más trabajo o me quería cambiar de departamento o incluso dejar la empresa, porque no podía seguir así. Me contestó que no tenía "ni idea" de que yo sufriera de falta de carga de trabajo... y eso que teníamos una entrevista semanal en la que repasar las exiguas tareas que me eran encargadas y que no le importaban a nadie... Al final, y tras mucho pelearlo yo, las cosas más o menos se arreglaron cuando conseguí cambiar de funciones unos meses más tarde, pero la depresión que me dio por tener que estar todos los días mirando las musarañas fue considerable.

No lo miro como un período bueno, más bien de sufrimiento y de una terrible sensación de pérdida de tiempo, de ahí que entienda perfectamente a esta señora que ha decidido denunciar, aunque en su caso se suman motivos también de politiqueo interno unidos a su condición de funcionaria pública. Veremos en qué quedará todo esto, pero cuando uno es trabajador de espíritu le gusta sentir que sirve para algo, que contribuye y que forma parte de un equipo y de la comunidad de la empresa. Sobra decir que los de RRHH jamás movieron un dedo por arreglar esta situación, ni entendieron nunca de qué les hablaba a pesar de haberles escrito varios emails donde detallaba mi situación y haberme entrevistado con ellos para "sensibilizarles" sobre lo de tener recursos ociosos en la empresa, en lugar de aprovecharlos de mejor manera.

3 comentarios:

Juan Martínez de Salinas dijo...

Hola,

Es una pena que pasen situaciones como la que comentas. Además pasan más habitualmente de lo que imagina la gente.

Solo hace falta cruzársele en el camino a algún jefe incompetente. Por otro lado, lo que esta muy mal es que RRHH habiéndoles comunicado la situación no investigarán e intentarán buscar una solución.

Ese tipo de personas que ocupan los departamentos de gestión de personas son los que nos hacen acarrear la mala fama al resto.

Estar sin nada que hacer es frustrante a pesar de que algunos deseen inconscientemente estar en esa situación en su entorno de trabajo.

A parte que tus compañeros de al lado desconocedores de los motivos por los que estas así te cogen tirria por que ellos van hasta arriba y tu no tienen nada que hacer.

Este tipo de abusos por la jerarquía empresarial tienen que estar regulados para poder ser amonestados severamente por hacer este tipo de acciones totalmente inmaduras y perjudiciales para el ente organizativo.

Muy buen post.

Saludos,

Cebolla dijo...

La historia podría ser argentina tranquilamente. Pero la señora es uruguaya. Lo que es argentino es el término "ñoqui" que se usa para designar al que no trabaja y sólo va a cobrar a fin de mes.

Que no se entere la Doc que confundís a un uruguayo con un argentino porque se va a ofender terriblemente.

porfineslunes dijo...

Cierto, cebolla, gracias por el apunte, ahora mismo lo modifico, y ¡¡que me perdone la Doctora!!